Skapad av: roberto.c.alfredo i social-psychology på
Hay períodos en la vida en los que los muros son exactamente lo que necesitamos.
Después de la inestabilidad, una ruptura amorosa, conflictos familiares, dependencia económica, agotamiento o, simplemente, demasiados años organizando nuestra vida en función de otras personas, la independencia puede resultar casi embriagadora. Empiezas a tomar decisiones sin tener que negociarlas. Tus noches te pertenecen. Tu dinero, tus rutinas, tus ambiciones, tus pasatiempos y tus pensamientos privados dejan de estar sujetos al clima emocional de otra persona.
Tal vez por primera vez, sientes que tu vida te pertenece de verdad.
No hay nada inherentemente malsano en esto. A veces, apartarse no es una forma de evasión, sino de recuperación. Un período de intensa autosuficiencia puede darle a una persona el espacio necesario para descubrir preferencias que habían quedado sepultadas bajo las obligaciones. Puede devolverle la confianza. Puede enseñarle una lección de sorprendente importancia: que la soledad elegida y el sentirse solo no son lo mismo.
Un muro puede proteger un jardín mientras sus raíces aún están afianzándose.
Pero dentro de una independencia bien lograda se esconde una pregunta difícil:
¿Cómo sabes cuándo el muro ya cumplió su función?
Cuando la autosuficiencia se vuelve sumamente gratificante
El problema con la independencia es que, cuando funciona, funciona muy bien.
Aprendes que puedes resolver tus propios problemas. Dejas de preocuparte tanto por si alguien se quedará. Desarrollas rutinas que disfrutas y ambiciones que no requieren el permiso de nadie. La inestabilidad emocional de depender demasiado de otra persona puede empezar a parecerte menos romántica de lo que alguna vez fue.
